Memento mori

Voy a empezar por la muerte para seguir con la vida.

Me pesan muchas cosas que no escribo. Tan aparentemente dispares. Tan distanciadas en esta caprichosa línea temporal que minga que es lineal y que siempre cobra sentido.

Murieron personas que formaron parte de mi vida. Digamos la verdad, no una parte relevante, si es que eso puede medirse por la cantidad de tiempo compartido, pero fueron parte al fin. De una me enteré como al pasar, a través de Facebook. Desde entonces, yo misma estuve planeando dedicarle un mensaje en la misma red, pensando en que se merecía mejores palabras, al menos más selectamente escogidas, pero el paso de los días le ganó al deseo de la gratitud. No escribí nada. Ni original ni manido. No escribí.

Recuerdo a Nélida como una profesora apasionada de su materia, que era la lengua italiana. A esa altura de la vida, con quince o dieciséis años, nos creemos que el mundo se reduce a lo que se encuentra a nuestro alcance. Italia, por supuesto, quedaba muy lejos de eso. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de docentes de lenguas extranjeras que tuve, Nélida tenía algo que te hacía escucharla y que, sobre todo, te hacía querer complacerla. Entonces, me aprendí las conjugaciones básicas del presente como si alguna remota vez fuera a utilizarlas con alguien más que con ella en una práctica de clase. Io sono, tu sei, lui/lei é, noi siamo, voi siete, loro sono. Salvo correcciones que tuve que hacer por la confusión que ahora me produce el haber aprendido francés, lo recordé prácticamente todo, y me sonreí cuando me salió de la nada, que es un rincón muy específico de la memoria, el “voi siete”, que no creo haberlo vuelto a escuchar jamás que por la boca de Nélida en cuarto año de liceo. Sin embargo, la primera vez que estuve en Italia, en Torino, el recuerdo vino a mí, pude comunicarme con los locales, y recordar por supuesto a mi profesora de italiano. Más tarde vendrían Venecia, Milán, Cerdeña, y el mundo se me hizo tan grande que no puedo contener la emoción mientras lo escribo, pensando, sobre todo, cómo me gustaría que Nélida Robatto pudiera leer esto.

Intenté hacérselo saber en vida. Hace no mucho me había agregado a Facebook y fue ella la primera en escribir con cariño un comentario en unas fotos que yo había compartido. Le respondí y le conté la historia del italiano saliendo de mi boca por primera vez en Italia. No me respondió. Aproveché un saludo por su cumpleaños al mes siguiente para volver a escribirlo, por si acaso no lo hubiera leído. Tampoco respondió. Como en todo en la vida, me quedan la fe y el misterio.

Este febrero la gente volvió a escribir en su muro toda clase de deseos y de felicidades. Una señora llamada Carmen le escribió: “¡Al fin te encuentro! Cuando puedas mandame tu número de celular”, ignorando el mensaje que otra señora llamada Claudia le respondió: “Lamentablemente nuestra profesora falleció antes de su cumpleaños”.

Estoy en contra del verbo fallecer. Lo veo despojado de toda la congoja que nos provoca que alguien muera. Pero eso no es culpa de Claudia sino solamente una aclaración mía para seguir, como en su momento, al enterarme, que no me detuve a escribir unas palabras mejores para ella porque estaba esperando el momento oportuno, aunque sepamos que nunca llega. Yo hubiera querido escribirle entonces, que aunque ella no tuviera pareja ni hijos al morir, generaciones de alumnos y alumnas como yo, la recordarían alguna vez, por la fortuna de viajar a Italia o por lo fortuito de la memoria, que de pronto te trae a la cabeza la risa de una docente que se hizo querer mientras te enseñaba. Nada más que eso, Nélida, que hubiera sido un montón poder decírtelo ahora, de profesora a profesora.

Hace no mucho se murió Isabel, una amiga de mi abuela Cata, paisaje humano de sus celebraciones de cumpleaños cada 24 de enero, con quien he discutido muchas veces porque vamos a reconocer que Isabel era de lo más indiscreta y yo no le tenía ninguna piedad. Como si fuera una niña mi madre me pateaba por debajo de la mesa cuando yo le contestaba con alguna insolencia a sus preguntas entrometidas. Pese a eso, la quería. Como adoro a mi abuela aunque tengamos ideas políticas opuestas sobre las que probablemente seguiremos discutiendo hasta la muerte.


Voy a continuar este texto como si no hubiese pasado entre él y yo el tiempo suficiente como para que la lista de muertes se haya hecho más larga y significativa. Voy a seguir tratando de evadir la causa por la que una a veces se detiene en los puntos más interesantes de la historia de los textos y también de la vida. Esos escollos en los que ahora la inteligencia artificial intenta auxiliarnos, es decir, liberarnos de la responsabilidad de buscar una conclusión por nosotros mismos. Ahí donde haya bloqueo, Chat GPT te obsequiará las palabras para no detenerte. El proceso creativo sin fallas de las que aprender algo, sin sombras a las que dar luz. 

Yo, a la vieja usanza, dejé esto escrito como borrador, sin terminar, destinándolo posiblemente al olvido. Aunque no haya dejado de pensar del todo en él. Y fue en este último tiempo cargado de muerte y de su contraparte (la persistente pulsión de vida), que decidí volver a buscarlo para releerlo y para, quizá, llegar, esta vez sí, hasta el final. ¿Cuánto puede demorar en decantar la escritura?, me pregunto. Cuánto de necesario es, en el proceso, la aceptación de lo que se escribe, la asimilación de lo que se vive. Sea cual sea la respuesta (imposible de contestar), aquí entre sus párrafos estoy de vuelta con el mismo objetivo: voy a empezar por la muerte para seguir con la vida. Se me ocurre, ahora, el único modo posible.

Mi abuela no fue consciente de la muerte de su amiga Isabel. La supo, sí, pero no le dio demasiada importancia, tan cercana está ella de los límites de su propia vida. Quizá en su universo sea solo un paso más, el que a ella todavía le falta dar, el que a mí se me figura como un salto mortal. Resulta todo tan incierto e inminente…

El 24 de junio de 2026 un temblor de la tierra dio lugar a un “doblete sísmico” en Venezuela: dos terremotos muy seguidos en tiempo y espacio. Eran las 18:04 hora local. Varios se habrían aprontado para ver el partido del mundial entre Inglaterra y Panamá. Yo leí la noticia pocos minutos después, al terminar un encuentro de escritura del taller. En la primera persona en la que pensé al leer el titular fue en Camila, una querida exalumna venezolana que después de mucho sin verla se había conectado al Zoom para Escribir juntas del que acababa de salir. Era ya medianoche por mi zona y me fui a dormir sin saber cuál había sido la verdadera dimensión del asunto.

A la mañana siguiente y con la mala costumbre de tomar el celular como primera acción del día, viendo las noticias sentí que el mundo en el que me despertaba era otro. Es que nada lo transforma tanto como el dolor. El algoritmo reconoció mi preocupación y me mostró videos de edificios desplomándose en cuestión de segundos, rescates en tiempo real, obituarios de familias enteras, pedidos de búsqueda y de recursos. Me sentí miserable la mayor parte del tiempo. Sí, podía donar algo de dinero, podía usar mis redes para compartir la información que pudiera ser útil para fomentar donaciones, podía acompañar a la distancia a mis venezolanas queridas, pero todo parecía inútil o, al menos, insuficiente. La cantidad de muertos no está determinada aún. Las cifras, por su parte, no cuentan lo principal; la biografía que hay detrás de cada una de esas vidas, los sueños y los terrores conjugados debajo de esos escombros. 

El resto de la semana transcurrió triste, con esa sensación que se tiene a veces de no poder creer que la gente toda no esté compartiendo el mismo sentimiento. Pero, entre medio de tanta pérdida, la vida siguió pujando. Una mujer dio a luz al momento de ser rescatada; un recién nacido sobrevivió solito en la más profunda osucuridad a dos días y sus noches; una niña dejó inmortalizada su sonrisa a través del hueco que solo dejaba ver su rostro; un hombre sobrevivió más de 100 horas en la garita en que era guardia de seguridad del edificio que le cayó sobre sí… Los rescatistas llegaron desde varios países dispuestos a dar su vida por la de otros. Es tan hermoso escucharles hablar a las víctimas durante el proceso de su trabajo (sean adultos, niños, perros o gatitos) que he llorado con el teléfono en la mano como si la vida a la que le daban una segunda oportunidad fuera la de un ser que amo. 

En uno de los últimos videos que me atrevo a mirar, uno de ellos dice algo que dejo anotado en mi cuaderno. Está dándolo todo por rescatar a una niña a la que le habla a través de las capas de cemento que les separan. Con toda la calma que permite este estado de urgencia, después de darle instrucciones sobre cómo moverse para acercarse a él, la tranquiliza diciendo: “Es a tu tiempo y no al mío, ¿viste?”. La sabiduría y el amor que hay en sus palabras me conmueve. Todo ha colapsado, todo continúa en riesgo de colapso, pero el tiempo lo marca ella, ¿viste? Porque es ella la que está ahí debajo sintiendo el peso del dolor. Es ella la que sabe, aunque él sea el experto. 

Cuando nadie esperaba ningún otro milagro, apareció una madre que mantuvo vivos a sus tres hijos durante once días sepultados dándoles de mamar. ¿Cómo se explica algo así? ¿Cómo no creer en una fuerza más allá de la nuestra que nos quiere vivos pese a todo y contra todo pronóstico? 

Memento mori es una locución latina que se traduce como “Recuerda que morirás” o “Recuerda que eres mortal”. Porque morir, más tarde o más temprano, es parte de la vida. Y porque más vale estar preparados. Con lo más importante dicho y aclarado, sean gracias, perdones, deseos o amores; con el corazón lleno de experiencias de las que se bailan, se cantan, se abrazan, se comparten; con el sentido claro del privilegio, justamente por aquel o aquella que no lo tuvo.

No podremos elegir cómo ni cuándo moriremos pero sí un poco bastante cómo es que vamos a vivir el tiempo que nos toque. Ojalá no sea ignorando ni la vida ni la muerte de los demás. Ningún partido ganado o perdido es más importante que eso.

Venezuela va a necesitar de nuestra ayuda y solidaridad por mucho tiempo más. Este es un espacio de donación verificado e inmediato (el 100% llega, sin intermediarios, a las familias venezolanas en riesgo. Pueden donar a partir de 1 dólar desde cualquier lugar del mundo): The House Project

 

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2 respuestas

  1. Como casi siempre que te leo, me dejás pensando y a la vez, activás mecanismos en mi que van por diferentes rumbos, pero que confluyen siempre en el mismo cauce, el del amor que siento por ti y el orgullo de que seas mi hija, con esos sentimientos y valores propios de la gente que se sabe frágil pero que a la vez trasmite mensajes de fe para que el mundo y la vida misma, tengan un sentido. Te amo.

  2. Me conmovió como siempre tu escritura, más habiendo conocido a tu profe Nélida que era mi compañera y por tí me enteré también de la tragedia de Venezuela y pude colaborar.
    Felicitaciones y no pares de conmovernos.

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