He empezado este texto tantas veces. Es que por dónde empezar. Se me ha dado por el conjuro de nombrarte. Como si esa fuera la manera de mantenerte conmigo, entre nosotros. Nombrar, llamar a las cosas por su nombre, a la vida por lo que es, ese suspiro; a la muerte que también es otro. En un momento pasa. Aunque la sensación (de la vida, de la muerte) permanezca, una encimada con la otra, sin tiempo. Fede Naguil. Mi amigo Fede. El poeta. El soñador. El profe. El realizador. El anarquista. Federico Naguil, Federico Naguil, Federico Naguil. Lo escribo y lo leo en voz alta para que no te vayas antes de poder llegar al final de este texto que, temo (espero, anhelo), no se acabe de escribir.
Te imagino un poco riéndote de mí. Pero no es con burla, nunca lo fue. Es con esa ternura resignada de qué vamos a hacer, María Rama, con nosotros y nuestros sentimientos. Yo hoy lo que puedo hacer, Fede Naguil, es entrar en tu muro de Facebook e ir para atrás entre tus miles de publicaciones y de links a YouTube (yo también me rio de vos, y contigo de mí, de nuestra obsesión por dejar registro de todo, por compartirlo todo; no cualquier cosa, claro, lo que nos es importante, lo que nos hace bailar el cuerpo y el alma, sea en forma de fotograma, de palabra o de canción). Y entonces me encuentro con tus posteos como tesoros, como mensajes del más allá que me conviene descifrar antes de que la espuma de los días a la que tanto te referís en tus primeras épocas de la red social (a la que llamás “mi tribu virtual”, a la que le deseás una noche “dulces sueños, comunidad”), se los lleve sin haberme permitido tomar algo de lo que en ese tiempo no pude conocer de vos.
Yo en 2009 recién estaba empezando la pasantía en una productora audiovisual de la que tanto hablaríamos luego. Vos estabas en rodajes de trotamundos, y leo que eso te hacía feliz. A mí también ahora. La espuma de los días. Alguien te pregunta, en la vez número ya no sé cuánto que lo escribís, que si se trata del título de un libro de Boris Vian. Vos respondés que sí (en realidad, decís “Correcto. Punto Martini”, y se te cae la cédula), pero también agregás (porque vos siempre agregás, y esa es parte de tu poesía): “Aparte me parece una metáfora hermosa. Y la hice mía”. Quien está del otro lado insiste con un imposible: “¿Y cómo es el color de la espuma de los días?” Y vos, que siempre entregás posibilidades: “Cada cerebro, cada alma, cada día, es un camaleón”.
El otro día yo pensaba en que tu amistad me hizo revelarme de un modo diferente, en que no sé si antes de conocerte habría pensado en que podría ser la amiga que me convertí siendo contigo. Inauguraste otro tipo de vínculo en mi existencia, uno de almas afines, espejadas, que andan viviendo distinto las mismas cosas. Pero al mirar alrededor, al encontrarme con otres que son también tus amigos, me doy cuenta de que sienten lo mismo que yo, aunque tal vez prefirieran usar otras palabras, las propias, para expresarlo. Tuviste la capacidad de revelarnos a nosotros mismos una nueva dimensión de ser con alguien más. Por eso ahora nos buscamos entre nosotros para duelarte y nos entendemos sin habernos visto antes. Para mí tiene que ver con esta idea del nombrar, del no quedarse con nada por decir, porque qué tipo que siempre andaba con el te quiero en la boca. Y no porque fuera algo fácil de decir sino porque era lo justo y necesario. Nunca te quedaste sin palabras para nosotros y venciste así los límites de tu propia voz. Quien te escuchó lo sabe y lo sabrá.
No sé si se entiende lo que escribo. Quizá se sienta más de lo que se pueda entender. El 21 de junio de 2009 preguntabas en tu estado de Facebook De qué están hechos los sentimientos… y habilitabas en esos puntos suspensivos (y también en la falta de signos de interrogación que encerraran el cuestionamiento) las respuestas de tu comunidad virtual. No se podía llegar a ninguna conclusión pero concluiste: Virus resistentes, espumas, mágicos misterios, necesidad de no estar solo en la vida. Sea, salud.
Seas, siempre seas, Federico Naguil. En las playlists que estoy armando para que nos sigas musicalizando la vida. Demostrando que es posible pasar del rock a la balada, del tango a la canción de protesta, del español al inglés, de lo instrumental al silencio. En las películas de las que seleccionaste escenas, en las citas de tus favoritos, en tus poesías, en tus rememoraciones. Serás, siempre serás, adorado Fede, parte siempre de la espuma de nuestros días.
Federico Naguil
Montevideo, Uruguay, 14 de enero de 1974 – General Roca, Argentina, 29 de marzo de 2025
Eterno para siempre.
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